Materias, formas circundadas por espacios sin nombre.
Etéreas siluetas abrazadas por nubes. Espacios sin límites
de belleza, amanecidos entre luz, creados para ser disfrutados por
el ojo humano. El ser humano bendice a la diosa nube, y al dios
agua, y a la diosa tierra. Y todas las criaturas caminan sin fronteras
por los terrenos henchidos de belleza.
Aguas turbulentas entre remansos de aguas tranquilas. Mil energías
naturales esperando darnos sus fuentes de poder. Y cada día
está lleno de claridades nuevas. Y cada roca espera acariciar
la sombra que cercena la alborada.
Agrestes sendas ancianas forjadas por el abrazo de la naturaleza.
Picos y formas recortadas por la voz del viento. Valles torturados
dispuestos a ser bañados cada instante por nuevos alientos
de calor.
El sol abraza en su seno cada roca, cada etérea brisa, cada
nuevo verdor, y la sombra camina entre albores de éter, hacinada
por sueños humanos que un día serán realidad.
Este es el mundo que habita el hombre, este es el regalo del que
participa la vida humana, este es el confín del universo
en el que se nos dio el privilegio de vivir.
Pero la historia de la codicia humana, del llamado progreso, de
la llamada civilización, ha llenado de máquinas y
grúas el virginal suelo. Miles de valles y montañas
que eran triunfo de belleza son cercenados ahora por potentes castigadores
del hábitat.
De ahí surgen salinas, torres eléctricas, centrales
de energía, torres petrolíferas, industrias que repudian
el abrazo natural del viento.
Es la llamada del progreso, es la voz del hombre que, aun castigando
sus recursos naturales, quiere triunfar ante el espíritu
de los dioses de la naturaleza.
Es ahora la vida más cómoda que antaño. Conseguimos
producir más con menos esfuerzo, canalizamos la fuerza de
los elementos naturales para nuestro provecho. Hermanamos nuestras
fuerzas con las del viento, con las del agua, con las de la tierra,
para hacer de sus frutos brazos liberadores de mano de obra.
Pero el progreso de la civilización moderna ha traído
consigo también semillas de hiel. Hacinamos bombas con las
que torturamos nuestro planeta, explosionamos sin fin valles y tierras
que antes eran fértiles, dejándolas a merced del árido
viento, convirtiendo en desierto lo que antes era vergel.
El hombre ahora camina entre detritus, entre polución y
ruidos, entre consumistas redes que lo atrapan.
Hemos conseguido dominar el éter, así se han hecho
realidad nuestros sueños, el hombre puede volar y dominar
las largas distancias.
Así, en la fiebre de la automoción, hemos construido
un entramado ingente de carreteras y redes ferroviarias. Puentes,
carreteras, viaductos, que escapan a la imaginación de los
antiguos, son ahora soberanos del suelo. De este modo una vorágine
de automóviles, continuamente, circulan por nuestras carreteras
tras su propio destino.
Son mínimas de esta manera las distancias, cada humano puede
recorrer hoy en una semana distancias que antes no se recorrían
en toda una vida.
Somos ahora los amos del aire, los amos de las aguas, los amos
del viento.
Sembramos, sin embargo, nuestras calles con multitudes de coches
hacinados en progresiones desordenadas y cercenamos nuestros campos
con tanques y vehículos para la guerra.
¿Es la envidia, el egoísmo, o el miedo lo que hace
que no sepamos frenar una vertiginosa carrera de armamento?
Grandes rascacielos circundan el cielo. Torres de hormigón
y acero, que antes fueron habitadas, esperan pasivas su destrucción
por la especulación del suelo.
Los humanos se dejan hacinar entre viviendas rodeadas de polución,
como frías colmenas en las que ya no se ve la mirada cordial
del vecino, donde nadie se saluda al verse, como ciudades dormitorio
inmersas en el consumismo frenético y loco que nos obliga
a un desafío de gasto continuo.
Gentes marginadas, abandonos en edificios huecos, eso es la sociedad
humana, y anónimos rostros luchan contra las manillas del
reloj.
Contaminación en la ciudad marginal, entre edificios derrumbándose,
entre puentes derrumbándose, entre vidas que se derrumban
porque son de usar y tirar.
Y en la ciudad de la élite las limpias nubes decoran edificios
nuevos. Es el sueño de vivir, la última ilusión
que acompaña al humano ser, entre el ocio del estrés,
gastar un tiempo perdido entre la vorágine de la urbe humana.
Paseamos por la ciudad, pero el tiempo marca nuestro paso, hileras
de filas humanas, castigadas por la rutina, repartidas por instantes,
caminan hacia su diario vivir.
Somos de este modo individuos mecanizados, hileras de gentes que,
como una máquina de progreso se distribuyen camino a su casa
o camino de su trabajo.
Trabajar, trabajar, trabajar, hay que producir, los esclavos de
la máquina no tienen tiempo para sonreír, los esclavos
de la máquina no tienen tiempo para soñar. Y quedan
así sonrisas y sueños perdidos entre amarguras.
Y el trabajo se convierte en rutina, y a la rutina la llamamos
vida entre estrés y ansiedad constante. Y los frutos del
trabajo no pueden sustentar nuestros sueños. ¿O acaso
nos quedó alguna vez tiempo para soñar?
Ilusiones marchitas que se gastan entre hileras de tiempo, con
el reloj de la rutina que nos acosa, con la llave del tiempo que
no marca pausas. Otra vez trabajar, otra vez subir y bajar, con
prisas, con el corazón acelerado por el vértigo del
tiempo.
Tornillo-papel, tornillo-papel, tornillo-papel, otra vez, otra
vez, otra vez, y tras el jornal ganado vamos a almorzar, come rápido,
come rápido, tienes que trabajar.
Son los ritos consumistas, son los designios del sino que nos hemos
marcado. Agobios, desazones, y la ansiedad de volver a empezar.
Tornillo-papel, tornillo-papel, tornillo-papel, otra vez, otra
vez, otra vez.
Los esclavos de la cadena mecánica caminan vuelta a casa,
con prisas, cansados, gastados, todo para poder consumir, para tener
el coche nuevo que no podemos pagar, para tener la televisión
nueva que no nos queda tiempo de ver, para ser algo más ante
los demás.
Y los Estados gastan cantidades ingentes de dinero en armamento,
en poner satélites de observación en el espacio, en
mandar cohetes al más allá.
Y al mundo le asola de continuo el hambre y la miseria, y esas
bocas no pueden ser saciadas, no quieren dejarlas saciarse.
Consume, consume, consume, tornillo-papel, tornillo-papel, tornillo-papel,
otra vez, otra vez, otra vez.
Y la máquina humana continúa marchando, y los eslabones
humanos siguen sujetos a su cadena. ¿Dónde queda entonces
el bienestar del progreso? ¿Es, tal vez, libre el hombre
atado a una máquina, a una cadena industrial de consumo que
lo consume?
Es duro el pago del progreso: estrés, ansiedad, depresiones,
suicidios, y una innumerable carga de desposeídos, de gentes
que no alcanzaron sus sueños, de almas desarraigadas, de
esperpentos solitarios sin trabajo ni hogar.
Atrás quedan las dudas, los resquemores, las desazones del
diario acontecer.
Individuos vacilantes, tersos, agobiados, preocupados, caminan
ahora distantes hacia su hogar.
¿Qué queda ya de los sueños antiguos? ¿Qué
queda de los ideales perdidos?
Tan sólo queda una tierra desolada, una tierra gastada por
la explotación sin freno, una tierra marcada por el detritus,
por la desidia, por el odio.
Quedan vidas quemadas y el ocaso del horizonte marca el final del
día.
En otro lugar, en otro momento, tal vez surja la esperanza, el
brote de ilusión de vivir en paz, lejos de tantas bombas,
lejos del agujero de ozono, lejos de hambres y soledades mustias,
lejos de amarguras y desamparos.
Tal vez mañana el sol traiga esperanzas nuevas, tal vez
el hombre no castigue entonces sin cesar sus recursos naturales,
tal vez surja el fraternal abrazo, y el hombre, otra vez, de nuevo,
pueda volver a llamarse humano.
Sólo entonces mereceremos la palabra progreso, sólo
entonces mereceremos la palabra futuro, sólo entonces podremos
pronunciar la palabra paz.
Extraído de Koyaanscqatei y dos relatos poéticos.
Colección Ondina. (España) 1996